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10
Nov 2011
09:11
Limpiarle la cara al fútbol

Articulos en General

Antonio Losada

Desde mi ingenua y ordenada niñez de finales de los sesenta y principios de los setenta en España, asistiendo a un colegio marianista de la calle Doctor Esquerdo de Madrid, donde la nota de conducta tenía su peso moral en el subconsciente del alumno, la línea de separación entre las acciones correctas y las incorrectas parecía siempre delineada en las aulas pero perdía definición y se convertía en difusa en el patio y el campo de fútbol de la escuela. La conducta que se trataba de inculcar a fuerza de la doctrina y la disciplina se veía constantemente cuestionada en los juegos que improvisábamos y en los partidillos que echábamos después de las clases. Jugar limpio y sin árbitro era continuamente una fuente de discusiones tribales: que si eras tú o el contrario quien había tocado la pelota antes de que saliera fuera, que si la pelota había superado los límites geométricos del campo que nos inventábamos, que si el mismo balón pasó por encima del poste hecho de un par de carteras o mochilas, que si se había elevado por encima de un larguero imaginario que todos colocábamos según nos convenía o que si la mano había sido o no intencionada. Era, entre otras y aparte de los sueños de grandeza que todos verbalizábamos de diferentes maneras, lo cotidiano, lo habitual. La mayoría de las veces y en los casos más dudosos ganaba quien alzaba más la voz.

En casa y por la televisión, esta deportividad o falta de ella se veía, ya con árbitros y linieres, en los encuentros de fútbol profesional. Las patadas o codazos al contrario a espaldas del juez de la contienda, las entradas al contrario como si se estuviera saliendo de un tobogán con los tacos arriba, las manos celestiales de Maradona y otros, los pinchazos de Bilardo, las botellas de agua con efectos soporíferos ofrecidas en el campo al equipo contrario por el masajista, las perdidas de tiempo, las lesiones fingidas o las ‘panzadas’ en el área para que pitaran un penalti no existente eran acciones que dañaban al fútbol y nos ensuciaban la cara a todos. O sino la cara, el alma.

Ganar a toda costa haciendo lo que fuese sin que te pillaran era lo que poco a poco generaciones y generaciones de chavales aprendían de sus ídolos. A los que no lo hacían les acababan dando el premio a la deportividad. En el fondo, todos sabíamos que serían eso, muy deportivos, pero al tiempo pensábamos que eran tontos y que ‘lo cortés no quita lo valiente’.

Uno veía, y aún hoy ve, otros deportes y, a priori, se pueden observar reglamentos más justos a la hora de inhibir estas conductas o artimañas. Si la pelota no estaba en juego, se paraba el reloj. Y si un jugador cometía una falta digna de ello, se le apartaba del equipo aunque fuese temporalmente.

En el fútbol, las infracciones merecedoras de tarjeta deben de tener una consecuencia inmediata que afecte la superioridad numérica de un equipo sobre el otro. Un jugador que recibe la primera tarjeta amarilla sobre el terreno de juego debería ser sancionado con salir 15 minutos del terreno de juego. De esta forma, la mayoría de las acciones que derivan en juego sucio simplemente no ocurrirían. Los jugadores se lo pensarían dos veces antes de perjudicar al equipo. Bueno, digamos que por lo menos se lo pensarían dos veces los jugadores que siquiera piensen... El juego creativo se vería beneficiado y el sucio, que ya estamos cansados de ver, definitivamente perjudicado.

Soy un partidario convencido de que así le lavaríamos la cara al fútbol, por lo menos en el terreno de juego, y de que así emprenderíamos el camino noble basando en que ‘lo cortés no quita lo valiente’.