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16
Sep 2011
11:09
El tipo de las tres sorpresas

Articulos en General

Juanma Morán


La primera vez que vi a Rafa Benítez en persona fue durante una charla informal convocada por unos cuantos aficionados del conjunto al que dirigía entonces, justo después de un partido. La verdad es que ninguno de los organizadores de aquella cita apostaba ni un duro a que el técnico hiciera finalmente acto de presencia. Y no porque, de acuerdo con los convencionalismos balompédicos, una figura de su prestigio (hacía tiempo que era uno de los entrenadores más importantes del mundo) resulte ser siempre inaccesible para la gente de la grada. No. Aquello no tenía nada que ver con esos elitismos. Era más bien porque el personaje tenía fama de no darse nunca un respiro con el trabajo. Y claro, nada más acabar el juego, se entiende que lo primero que hace alguien de sus características es repasar las notas tomadas durante los noventa minutos y lo último, obviamente, reunirse con un grupo de indocumentados que suelen ponerle demasiado entusiasmo a algo que, seguramente, no lo merezca. Por eso fue una sorpresa ver aparecer al técnico en el lugar de celebración del evento a la hora convenida.

Superado emocionalmente el imprevisto, no hubo nadie que no pensara que el encuentro no se prolongaría más allá de cinco minutos. Un mero formalismo (la visita del médico que diría mi madre). Unas cuantas fotos y otros tantos autógrafos y otro compromiso resuelto. Es lo lógico en estos casos. Y bastante era ya, por otra parte. Mucho más de lo esperado. Por eso, a esas alturas de la película, los participantes de la velada estaban ya bastante satisfechos. Pero con un tío que lió la que lío una noche de mayo en Estambul (sí, lo de la remontada al Milán en una final de Champions que estaba perdida desde casi el pitido inicial), supongo que las cosas no son como uno espera. Empezábamos a darnos cuenta. Segunda sorpresa de la noche. Como si fuera uno más de los invitados con la única ocupación de pasar el rato intercambiando pareceres sobre la actualidad deportiva, nuestro protagonista se puso a departir amigablemente con todos y cada uno de los allí presentes sin prestar atención al reloj.


La cosa empezaba a estar interesante pero aun quedaba lo mejor. No es que sea yo una persona experimentada en el trato con profesionales del sector futbolístico pero lo cierto es que, no me resulta difícil imaginarme las conversaciones que mantienen los que son portada de los diarios deportivos con aquellos individuos que no pertenecen a su entorno. Un cúmulo de obviedades y de lugares comunes o, lo que es lo mismo, una charla insustancial que no será recordada por ninguno de sus interlocutores. O bueno, tal vez por uno sí, pero no pasará de ser un recuerdo de escaso poder evocador, un recuerdo vago. Tercera sorpresa. Porque presentarte al míster y que éste empiece a contar historias interesantes es todo uno. Desde el relato de cómo un joven Rafa, todavía en periodo de formación, se ganó la confianza de un conjunto de estudiantes al descubrir que los intereses de aquel que distorsionaba la armonía de la clase tenían mucho que ver con los suyos propios (y ojo que estamos hablando de los cuernos de chocolate que se venden en las tiendas de comestibles), siguiendo por la confesión de su negativa a abandonar el proyecto que le ocupaba en aras de otro de mayores garantías por una cuestión de fidelidad a esos mismo con los que estaba hablando (y ojo otra vez, teléfono móvil en mano mostrando los registros de las llamadas entrantes que probaban que, ciertamente, una oferta había sido hecha desde las oficinas de cierto club) y, acabando con la exposición de sus andanzas por distintos vecindarios madrileños. Inolvidable.

Después de esa noche, no he vuelto a tener la oportunidad de dialogar con el entrenador en circunstancias semejantes. Y lo lamento. Porque es un gusto. Eso sí, siempre digo lo mismo cuando, estando en otros foros, alguien me habla de Rafa: cuidado si alguna vez estás con él en un ámbito privado porque te va a sorprender, como poco, tres veces.